Sufrimos una invasión de meta-análisis randomizados, con placebo y doble ciego, que se usan como arma arrojadiza frente a los humildes pero útiles estudios médicos. Nos quieren hacer creer que son la más alta representación de la ciencia, cuando eso no es así.

Los investigadores del ramo farmacéutico, que se autoproclaman científicos, tienen unos criterios éticos algo laxos. Los necesitan para poder putear a un ratoncito blanco en aras de un fin superior. Algo que uno no tiene nada que objetar, a no ser que uno sea él ratoncito blanco.

Al igual que llamaríamos a la policía, si viésemos a un matarife hacer horas extras matando personas por la calle, cuando los investigadores empiezan a experimentar con personas y se les mueren, tendemos a reclamar una cierta vigilancia.

Hipócrates, que no tenia un pelo de tonto, estableció su famoso juramento precisamente por que no tenia claro que harían sus alumnos, si los dejaba sueltos. Funcionó gracias a que en aquella época la gente era algo supersticiosa y procuraban que Esculapio no se cabreara.

El juramento tiene dos bases, procurar no causar daño y contar con el consentimiento del paciente. A través de ese vinculo, los médicos han seleccionado los mejores tratamientos con la colaboración de los pacientes. Esos hallazgos se han comunicado a la comunidad médica y salvado millones de vidas. Son la base de la medicina moderna.

A eso se le ha dado en llamar ahora ‘estudios observacionales’, como si los otros saliesen de un alambique.

La premisa del estudio observacional es sencilla: Si un tratamiento mejora a un paciente, es probado en más pacientes, si la mayoría mejora, es un tratamiento viable.

Algunas mentes desconfiadas ligadas a las farmacéuticas, arguyeron que esa mejora podía deberse a otras causas, como el ‘efecto placebo’. O sea una reacción positiva del cuerpo reaccionando a la mejora psíquica del paciente.

A pesar de que el placebo cura, ya que mejora la respuesta inmune del paciente al disminuir la ansiedad y el estrés, no es lo que esta gente busca, ya que no se puede embotellar. Al fin y al cabo, el ratoncito es lo de menos.

En los 50’s nacen las complicadas pruebas con placebo, como ‘gold standard’ médico. Desde el punto de vista ético son algo resbaladizas y contrarias al juramento hipocrático. Por eso están organizadas por las empresas farmacéuticas, que por si no lo saben, no están sujetos a él.

El segundo eslabón en la cadena, es el ‘doble ciego’. El ‘doble ciego’ es que tanto el que administra la medicación como el que la recibe, ignoren si reciben o no la medicación.

El objetivo no es solo que el médico o la enfermera le pueda transmitir al paciente, guiñándole el ojo, si esta o no tomando. El objetivo es que de esta manera los médicos y las enfermeras no incumplen el juramento hipocrático.

Como vemos, tanto el placebo como el doble ciego, no buscan solo la ‘pureza científica’ si no proteger sus consciencias y sus carreras. ¿Y el ratón? El ratón se conformaría con que le curasen, pero eso no le importa a nadie.

Son además pruebas caras, ya que precisan la colaboración de hospitales, muchos más pacientes e infraestructuras administrativas para poder controlar el “doble ciego”, cosa que deja fuera de los estudios a los médicos y también a cualquier vendedor de “aceite de serpiente” carente de presupuesto.

Los estudios con placebo no son mejores que los observacionales, ya que si la muestra de personas tratadas es suficiente, se puede concluir que no es un ‘efecto placebo’ y más cuando los síntomas son externos, como mocos, tos, fiebre y medibles mediante analíticas.

Solo en síntomas subjetivos, dolores, ansiedad, depresión, pueden jugar un papel. También en las vacunas, no por el placebo en si, si no para tener un grupo de control no medicado.

Los placebos tienen una utilidad limitadísima y son además innecesarios cuando la mejora de los pacientes es evidente, como señalan por ejemplo en este estudio.

Varios estudios confirmaron que la reacción por placebo solo sucede como máximo, en el 35% de los casos, por tanto si los resultados son superiores podemos estar seguros de que el tratamiento funciona. Pero la simplicidad a veces no es conveniente para algunos.

Los estudios con placebo además se “randomizan”, para que así una mano inocente saque la bola. Es algo parecido a colocar una bala de fogueo en un rifle del pelotón de fusilamiento. Nadie es responsable.

El problema es que la randomización, no garantiza que los datos sean mejores. La suerte o mala suerte, puede hacer que unos datos estadísticos sean más frecuentes que otros en una región o tiempo dados.

Hay además otra causa que puede distorsionar los datos. El criterio de elegibilidad. Si por ejemplo se usan solo enfermos hospitalizados o terminales, no nos darán unos datos fiables, si se trata de un medicamento preventivo. Por otro lado, si se descartan pacientes con dolencias previas, podemos quedarnos a ciegas sobre posibles interacciones. En resumidas cuentas, se puede hacer un montón de trampas.

Cuando el estudio supera unos pocos cientos, la cosa se complica más. El placebo se debe repartir a distancia sin que nadie sepa a quien se le administra y al mismo tiempo formar una base de datos fiable.

Para simplificar el estudio se separa en bloques, por sexo, áreas geográficas, fechas o edades. Eso como es lógico puede alterar los resultados estadísticos ya que dependen de factores como pueda ser la genética o forma de vida.

En el tema de las vacunas es peor. Como no pueden inyectarle la enfermedad, para ver si la vacuna sirve, crean dos grupos aproximadamente iguales y esperan a ver quien pilla más la gripe o lo que sea, si el grupo vacunado o el no vacunado.

No se han detectado diferencias en los resultados de los estudios observacionales de los doble ciego, randomizados, tal y como explican en este estudio y en este.

Curiosamente, en 70 años de estudios no ha habido discrepancias, entre resultados observacionales y los randomizados-doble-ciego-con-placebo hasta ahora, con Solidarity y Recovery.

Coincidiendo con eso, se han creado campañas mediáticas para atacar a cualquier medico que anunciase resultados favorables de algún tratamiento.

Aparte del circo mediático que se ha montado, nos debería hacer sospechar que algo raro pasa. Quizá un interés desmedido en utilizar vacunas…contra una reacción autoinmune. Una medida totalmente incongruente.

Por ejemplo, en la vacuna Pfizer para el COVID, se aprobó para uso de emergencia, al cabo de una semana, con solo 147 infectados en el placebo y 10 en el grupo de control. A todas luces una cantidad de personas ridícula en un tiempo ridículo.

Las estadísticas y el tiempo han demostrado que la vacuna es un churro, que no inmuniza y que tiene efectos secundarios graves, cosa que intentan tapar con la excusa de la variante Delta. Las variantes eran previsibles y una vacuna adecuada debería haber funcionado en futuras variantes, como ha demostrado la inmunidad natural.

Todo este cúmulo de sin sentidos solo puede indicar una mal intencionada criminalidad en la actuación de instituciones públicas y empresas farmacéuticas, encubiertos con la ayuda de la prensa, que ha actuado como un auténtico doble ciego, al no querer ver lo obvio.

“The reactogenicity subset included 8.183 participants.” Reactogenicity refers to a subset of reactions that occur soon after vaccination.

The frequency of any severe systemic event after the first dose was 0.9% or less. Severe systemic events were reported in less than 2% of vaccine recipients after either dose, except for fatigue (in 3.8%) and headache (in 2.0%) after the second dose.

Fever (temperature, ≥38°C) was reported after the second dose by 16% of younger vaccine recipients and by 11% of older recipients. Only 0.2% of vaccine recipients and 0.1% of placebo recipients reported fever (temperature, 38.9 to 40°C) after the first dose, as compared with 0.8% and 0.1%, respectively, after the second dose. Two participants each in the vaccine and placebo groups reported temperatures above 40.0°C. Younger vaccine recipients were more likely to use antipyretic or pain medication (28% after dose 1; 45% after dose 2) than older vaccine recipients (20% after dose 1; 38% after dose 2), and placebo recipients were less likely (10 to 14%) than vaccine recipients to use the medications, regardless of age or dose. Systemic events including fever and chills were observed within the first 1 to 2 days after vaccination and resolved shortly thereafter.

 Sixty-four vaccine recipients (0.3%) and 6 placebo recipients (<0.1%) reported lymphadenopathy. Few participants in either group had severe adverse events, serious adverse events, or adverse events leading to withdrawal from the trial. Four related serious adverse events were reported among BNT162b2 recipients (shoulder injury related to vaccine administration, right axillary lymphadenopathy, paroxysmal ventricular arrhythmia, and right leg paresthesia). Two BNT162b2 recipients died (one from arteriosclerosis, one from cardiac arrest), as did four placebo recipients (two from unknown causes, one from hemorrhagic stroke, and one from myocardial infarction). No deaths were considered by the investigators to be related to the vaccine or placebo. No Covid-19–associated deaths were observed. No stopping rules were met during the reporting period. Safety monitoring will continue for 2 years after administration of the second dose of vaccine.

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